
Discurso pronunciado por Carlos Alberto Montaner, en el seminario Amenazas y Desafíos Para el Sector Productivo, en el Hotel Marriott, San José, Costa Rica, el 26 de noviembre del 2007.
Hace casi medio siglo, Fidel Castro y el Che Guevara proclamaron la doctrina del internacionalismo revolucionario. Se concretaba en una frase mil veces repetida por ellos: “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución en cualquier parte del mundo”. Cuba, pues, tan celosa en su soberanía, siempre dispuesta a denunciar a cualquier país o grupo que se atreviera a ayudar a los demócratas cubanos de la oposición, proclamaba, en cambio, su derecho a intervenir en cualquier país para promover su modelo político por cualquier procedimiento, incluida la violencia armada.
La doctrina, según todos los síntomas, hoy tiene discípulos convencidos y muy activos. A fines de 2007 la Asamblea Nacional de Venezuela, el parlamento de ese país, asignó 250 millones de dólares del presupuesto del año próximo para fomentar la revolución bolivariana en el exterior. Ese dinero irá a las manos de los grupos chavistas y a las organizaciones de izquierda que siguen las ideas propuestas por el eje cubano-venezolano-boliviano, popularmente conocidas como “el socialismo del siglo XXI”. Para que se tenga una idea del impacto potencial de ese dinero, vale la pena recordar que una campaña política presidencial en cualquier país centroamericano cuesta unos quince millones de dólares aproximadamente.
¿En qué consisten esas ideas del llamado Socialismo del siglo XXI?¨
Es, en esencia, retomar paulatinamente la fórmula del colectivismo estatista en el terreno económico y en suprimir progresivamente las libertades democráticas en el campo político, como se observa en Venezuela y Bolivia, o como acontece en Cuba desde hace casi medio siglo.
Es la vuelta al Estado-empresario, pese a la horrenda tradición de corrupción, despilfarro, nepotismo e ineficiencia que dejó a su paso por la historia latinoamericana del siglo XX.
Es el control de precios y salarios dictado por funcionarios tan arrogantes como ignorantes, convencidos de que saben lo que hay que producir, cómo hay que producirlo, quién debe consumirlo y en qué condiciones.
Es la pulverización paulatina de la sociedad civil y de sus estructuras espontáneamente generadas a través del tiempo, sustituyéndolas por organizaciones estabularias concebidas para encerrar a la sociedad con el objeto de controlarla eficientemente.
Es la militarización creciente de las personas, incardinándolas en milicias civiles dedicadas a la vigilancia y la coerción.
Es la demolición total de las estructuras institucionales republicanas, con los clásicos tres poderes que se equilibran para limitar la autoridad de los gobernantes.
Es el abandono del pluripartidismo y su sustitución por un partido único que hará metástasis por el cuerpo social contaminando y corrompiendo todo lo que toque y controle.
Es una variante del modelo militarista islámico que Nasser y Gadaffi ensayaron en el Medio Oriente, donde el caudillo militar o civil se vincula con las masas para guiarlas a su antojo por medio de la correa de transmisión de las Fuerzas Armadas, con el apoyo propagandístico constante de los medios de comunicación previamente controlados.
Es la construcción de enemigos artificiales, como Estados Unidos o Europa Occidental, para tratar de galvanizar a la sociedad detrás de esa corriente de odio disfrazada de nacionalismo.
Es, en general, el rechazo visceral al Occidente próspero, impulsado e instrumentado por las técnicas de propaganda del viejo comunismo de la Guerra Fría, más los procedimientos de legitimación populista diseñados por Fidel Castro, con esos batallones de médicos, maestros y deportistas, con los que fabrica una hábil operación de relaciones públicas y mercadeo político denominada “misiones” a la manera del catolicismo tradicional.
Es la organización de turbas paramilitares que intimiden a la sociedad mediante el uso de pogromos para someterlas a la obediencia y hacer abortar cualquier brote de rebeldía.
Es el modelo de “solidaridad orquestada”, forjado para suscitar respaldo internacional, desarrollado por la KGB en los tiempos en que la URSS experimentaba un fuerte espasmo imperial y necesitaba proyectar su imagen en el exterior.
Es la constitución de un bloque anti occidental, remedo de la guerra fría, que preconiza la hostilidad al primer mundo y sueña con su liquidación eventual.
Es la asociación internacional con el radicalismo islámico para atacar los intereses de Occidente, calumniando, de paso, a Israel y a los judíos en una franca campaña antisemita.
Es el respaldo a las narco guerrillas comunistas sudamericanas o a cualquier violento movimiento radical, como se desprende de las excelentes relaciones que existen entre el gobierno de Hugo Chávez y las FARC colombianas.
Es un híbrido folclórico y vistoso, muy simpático para los ojos de los progres del primer mundo, con ingredientes de Juan Domingo Perón, de Getulio Vargas, de Velasco Alvarado, alusiones a Lázaro Cárdenas y a los corridos de la revolución mexicana, camisetas del Che, retratos de Sandino, y confusas referencias a ideólogos de distintos calibres como Antonio Gramsci, Norberto Ceresole, Marta Harnecker, Heinz Dieterich, Noam Chomsky, James Petras y otros elucubradores de esa cuerda delirante que continúa reivindicando el marxismo con una total indiferencia a la devastadora experiencia producida por la puesta en práctica de esas ideas erróneas durante el doloroso siglo XX.
Es, en suma, la mayor cantidad de comunismo soviético que permiten las circunstancias tras la desaparición de la URSS, pero ahora con su centro operativo situado en el eje Caracas-La Habana, como explicó el canciller cubano Felipe Pérez Roque en un discurso pronunciado en Venezuela en diciembre de 2005.
El nuevo Moscú
En efecto, en ese texto se resumían con toda claridad las conclusiones a que habían llegado Fidel Castro y Hugo Chávez tras sus largas y frecuentes conversaciones. La URSS y los comunistas europeos habían traicionado la causa de la revolución marxista-leninista y se habían entregado al cruel capitalismo occidental capitaneado por el imperio norteamericano. Ya no se podía esperar nada de ellos, así que el foco central de la revolución mundial se trasladaba a América Latina, concretamente al eje La Habana-Caracas, al que poco después se agregaría La Paz. Por otra parte, dentro de la evaluación que hacían de las circunstancias internacionales, ese eje estaba obligado a expandirse para poder sobrevivir. Había, claro, diferencias con relación al análisis tradicional marxista-leninista. Esta vez la revolución mundial no llegaría de la mano de una gran huelga general dirigida por el Partido Comunista, como suponían Marx y Lenin, ni de las guerrillas campesinas, como proponía Mao, ni tampoco de la creación de un foco insurreccional urbano-rural, como sucedió en la Cuba de Fidel y del Che, sino arribaría por métodos electorales democráticos, como ocurrió en la Alemania nazi de los años treinta o previamente en la Italia fascista de Benito Mussolini. La estrategia era utilizar los resortes de la democracia representativa para desarmarla desde dentro y vaciarla de contenido ideológico.
También existía otra diferencia: el tiempo que tomaría el proyecto revolucionario era mucho más dilatado. Había que llegar al poder por medio de las urnas y redefinir constitucionalmente las relaciones entre el Estado y la sociedad, demoliendo, de paso, las instituciones republicanas y su sistema de equilibrios y contrapesos concebido para limitar la autoridad de los gobernantes. Todo el poder recaería en las manos de un enérgico caudillo que gobernaría en nombre del pueblo, legitimando su gobierno por medio de medidas asistencialistas de corte populista capaces de seducir a las capas más necesitadas con una mezcla caritativa de sopa boba, como la que se dispensaba a los mendigos en los monasterios de la Edad Media, y operaciones de catarata, mientras se utilizaba al ejército o a cuerpos paramilitares como instrumento de su incontrolada autoridad.
Una nueva guerra fría
Estamos, pues, en una nueva versión de la guerra fría. Tras la Segunda guerra mundial, la URSS se lanzó a la conquista de una buena parte de Europa y desarrolló un proyecto de dominio planetario en el que invirtió grandes recursos, ya fuera directamente con sus tropas, como sucedió en Afganistán, o ayudando a los partidos comunistas y a los grupos subversivos locales de todas partes, logrando tan grandes y graves éxitos que, a principios de la década de los ochenta, parecía inevitable el triunfo del comunismo en el mundo.
Pero, como sabemos, las cosas ocurrieron de otro modo. Ante este espasmo imperial de los soviéticos, a fines de los cuarenta, durante la presidencia de Harry Truman, espoleado por las reflexiones del diplomático George Kennan, el gobierno de los Estados Unidos creó lo que se llamó la estrategia de contención. Cada centímetro disputado por los soviéticos o sus aliados en China, Grecia, Malasia, Berlín, Corea del Sur, Vietnam, Guatemala, Cuba, El Salvador, Nicaragua, etc., sería defendido con más o menos éxito, utilizando para ello una amplia variedad de instrumentos de lucha, desde la ayuda masiva (el Plan Mashall), la propaganda y la información políticas (Radio Free Europe, Radio Liberty), hasta la creación de la OTAN y el uso de tropas o de acciones encubiertas de la CIA.
La razón final de esa estrategia era, si se quiere, muy simple: Estados Unidos no podía sobrevivir como nación independiente, gozando del sistema que libremente se había dado a partir de 1776, en un mundo gobernado por los comunistas de manera creciente. Defender la democracia y la libertad en cualquier lugar del mundo o, simplemente, resistir el embate de los regímenes comunistas, era una manera de preservar la libertad en Estados Unidos. Así pensaban todos los presidentes norteamericanos, desde Truman, Eisenhower, Kennedy (muy especialmente Kennedy), hasta George Bush, padre, el gobernante al que le tocó presenciar en la Casa Blanca el derribo del muro de Berlín y la disolución de la URSS a partir de 1989, hace ya casi 20 años. La contención había dado resultado. Estados Unidos, en síntesis, había ganado la Guerra fría.
Desde la perspectiva norteamericana, pues, ese episodio había terminado. La URSS se transformó en Rusia, una nación sin apetencias de conquista en la que rige una forma brutal y primitiva de capitalismo, y los satélites europeos se convirtieron en los mejores aliados de Washington, mientras China y Vietnam evolucionaron en una dirección parecida. Sólo quedan algunos manicomios comunistas ortodoxos, como Corea del Norte y Cuba, pero demasiado débiles y demasiado desacreditados para poner en riesgo a estados Unidos. Son sólo anacrónicas molestias en vías de extinción, no peligros serios, distinción que suele hacer Manuel Rocha, ex embajador de Estados Unidos en Bolivia y gran experto en la zona.
Entre los verdaderos peligros que acechan a Estados Unidos en el primer cuarto del siglo XXI no está el socialismo preconizado por Chávez, sino el terrorismo islámico, la proliferación nuclear y el tráfico de drogas hacia el país. El venezolano sólo pasaría a ser considerado realmente peligroso si se convirtiera en un cómplice evidente y de esas tres actividades consideradas muy lesivas para la seguridad nacional de Estados Unidos. Mientras tanto, sólo es un folclórico demagogo dedicado al insulto y a las payasadas, mientras le vende regularmente a su archienemigo americano el diez por ciento del petróleo que Estados Unidos importa.
Una guerra asimétrica
Conocer esta percepción norteamericana, acertada o errónea, es clave para los latinoamericanos. De Washington no van a partir iniciativas consagradas a derribar a Chávez ni a oponerse firmemente a su socialismo del siglo XXI. No es una prioridad para Estados Unidos. Venezuela es un suministrador de petróleo poco fiable, pero USA va disminuyendo paulatinamente su dependencia de este vendedor. Cuando llegó Chávez al poder, provenían de Venezuela el 16% de las importaciones. Hoy ese porcentaje se ha reducido al diez, mientras USA, paralelamente, ha aumentado de forma notable sus reservas para enfrentarse a un eventual recorte de suministro del crudo venezolano. Por otra parte, la prolongada huelga de PDVESA en el 2002 demostró que no era difícil encontrar otras fuentes sustitutas. El precio, sí, aumentará un poco, pero no en una proporción que la opulenta sociedad norteamericana no pueda afrontar.
En suma: ese disparate, el chavismo, es una calamidad que afecta, en primer término, a los latinoamericanos, y son ellos, los demócratas de ese continente, y los defensores de las libertades económicas y políticas, quienes deben crear el muro de contención frente al castro-chavismo para impedir que su influencia crispe y empobrezca aún más a las sociedades de esta zona del mundo.
El problema, naturalmente, es que ningún grupo político que ocupe el poder, y ningún gobernante con nombre y apellido, tienen un interés especial en asumir ese riesgo y enfrentarse a las bien apertrechadas izquierdas locales. Repasemos brevemente a los principales actores:
Felipe Calderón, que ganó la presidencia combatiendo al chavismo atribuido a López Obrador, una vez instalado en Los Pinos dejó de atacar a Chávez y le lanzó un ramo de olivo. Se siente demasiado débil para abrir otro frente.
El mismo fenómeno se observa en el Perú de Alan García. Tras una campaña contra Humala ferozmente antichavista, el líder aprista prefirió hacer las paces con el venezolano.
Álvaro Uribe, pese a tener el apoyo del 70% de los colombianos y de ser inmensamente respetado, no puede arrastrar a su país a un choque con Hugo Chávez por dos razones. Primero, porque el venezolano puede multiplicar su hoy no tan discreto apoyo a las narco guerrillas comunistas y complicar aún más la situación en la enorme frontera que comparten los dos países; y, segundo, porque Venezuela es el primer destinatario de las exportaciones colombianas y Chávez puede decretar la interrupción de las relaciones comerciales entre los dos países
El ecuatoriano Rafael Correa, mientras tanto, ganó las elecciones declarando sus simpatías chavistas y su aprecio por las ideas intervencionistas de esa cuerda política, modelo de relación entre la sociedad y el Estado en el que parece respaldarlo la abrumadora mayoría de sus compatriotas.
Los países centroamericanos y República Dominicana tienen un acuerdo petrolero con Venezuela, ligeramente favorable en el aspecto financiero, que no desean sacrificar, ni tampoco quieren exacerbar demasiado a los grupos chavistas locales. En el caso de El Salvador, sus dirigentes están conscientes de que, con la asesoría y el dinero venezolanos, los viejos comunistas del FMLN pueden ganar las próximas elecciones y devolver el país a la incertidumbre de los años ochenta. Nicaragua, por otra parte, está gobernada por un presidente sandinista, con minoría en el Congreso, que ya forma parte del cónclave chavista, aunque la realidad política de su país le impide adoptar las medidas recetadas por el eje Caracas-La Habana.
Argentina y Uruguay, pese a ser mucho más ricos que Venezuela, han sido objetos de la millonaria beneficencia bolivariana destinada a comprar influencias.
Lula da Silva tal vez sienta cierto rechazo instintivo por Chávez como persona, pero hay una complicidad ideológica de fondo, sumada a la tradicional indiferencia brasilera hacia los asuntos políticos latinoamericanos.
Sólo queda un Chile muy preocupado por la alianza entre Venezuela y Bolivia, que incluye la asistencia militar del primero al segundo y las constantes intromisiones de Chávez en el viejo pleito entre los dos países, pero el gobierno de la señora Bachelet, como antes el de Ricardo Lagos, han optado por rearmar calladamente a sus fuerzas armadas, a la espera del peor de los escenarios posibles, y a nadie en ese país le pasa por la cabeza la idea de construir un muro internacional de contención democrática capaz de hacerle frente a la arremetida chavista. Los chilenos saben que están solos.
La última línea defensiva
Si el gobierno norteamericano, los líderes políticos, y los gobiernos latinoamericanos no se atreven a defenderse de este peligro, ¿quién puede hacerlo? Sólo queda una opción disponible: la sociedad civil de cada uno de los países colocados bajo la mirilla de los chavistas, y, dentro de esa vasta red de instituciones y organizaciones, los empresarios. Sólo quedan los empresarios.
¿Por qué los empresarios? Porque son los que más tienen que perder en el orden material, y porque el socialismo del siglo XXI, como ocurría con el comunismo del siglo XX, está encaminado a reducir y limitar hasta la extenuación los derechos de propiedad, a debilitar progresivamente el mercado hasta hacerlo irrelevante, a impedir o frenar el comercio internacional, y a darle al Estado un rol absolutamente hegemónico como productor de bienes y servicios, planificador y regulador de todas las actividades empresariales que consigan sobrevivir.
Son los empresarios los que tienen que defenderse y defender a la sociedad, porque son los que tienen la información esencial y no ignoran que todos esos experimentos dirigistas y colectivistas sólo conducen a la destrucción del capital material y del capital intangible, a la inflación, al atraso tecnológico, a la erosión de las clases medias, al estancamiento, al autoritarismo, a la pérdida de libertades, y a un aumento exponencial de las fricciones entre los distintos grupos y estamentos que componen el tejido social, reduciendo los niveles de confianza entre las personas, y entre las personas y las instituciones, clima moral que impide el desarrollo armónico de los pueblos.
Los empresarios saben que con ideas del vecindario socialista, o social fascista, el peronismo destruyó la base productiva de la Argentina, y el país, que en 1930 estaba en el pelotón de avanzada del primer mundo, pasó a ser una nación rezagada y pobre cada vez más alejada de la proa del mundo. Saben que Velasco Alvarado, con fórmulas parecidas, mezcladas con el militarismo dictatorial convencional, arruinó severamente a Perú, y algunos sectores, como la agricultura, nunca pudieron recuperarse. Saben que los sandinistas en los años ochenta acabaron con el relativo ímpetu empresarial nicaragüense y devolvieron el país a los niveles de producción de cuatro décadas anteriores. Saben que la Cuba previa a Castro, pese a todas las imperfecciones de su sistema político, era uno de los países más y mejor desarrollados de América Latina, hasta que el castrismo se apoderó de las riendas de la economía y pulverizó y dispersó a los sectores empresariales.
En otras palabras: los empresarios, los creadores de riqueza, conocen los horrores del socialismo real, no el de los manuales de la secta; tienen memoria de los efectos nocivos de las falacias cepalianas diseminadas en los años cincuenta; del demostrado error keynesiano de usar el gasto público para modular la economía; del disparate de la Teoría de la dependencia propagado por Fernando Henrique Cardoso cuando era un ideólogo del intervencionismo, análisis del que felizmente se despojó cuando le tocó gobernar a los brasileros. Los empresarios, en suma, tienen muy presentes las devastadoras consecuencias del gobierno chavista, creador de una vasta e improductiva masa de estómagos agradecidos a los que compra su respaldo político con dádivas, creando la paradoja de los pobres rentistas, una enorme legión de gentes infelices que viven paralizadas por las migajas que les lanza el Estado, sin otro estímulo laboral que el de poner la mano, mientras cada día más y más empresas se ven obligadas a cerrar como resultado de los controles y candados a las que las someten.
Por la otra punta del mismo fenómeno, por la punta exitosa, los empresarios también están al tanto de las historias de los países que en las últimas décadas consiguieron abandonar el subdesarrollo y convertirse en naciones del primer mundo, industrializadas y prósperas, cada una con sus características, pero todas coincidentes en la necesaria apertura al exterior, en el requisito de prudencia en el manejo de los factores macroeconómicos, control de la inflación, inversiones sustanciales en educación y salud, políticas públicas sensatas, primacía del mercado, protección de los derechos de propiedad, fortalecimiento del Estado de Derecho, y sostenimiento del empresario y de la persona emprendedora como ejes y factores principales de la creación de riquezas. Es decir: exactamente la receta opuesta al viejo y fallido modelo que proponen Chávez, Castro y sus tercos seguidores, personas dispuestas a chocar mil veces con la misma piedra.
¿Pueden los empresarios diseñar una estrategia de lucha y enfrentarse en el plano cívico al reto que significa el chavismo para defender inteligentemente las libertades políticas y económicas? No lo sé, pero lo que me parece evidente es que, si no lo hacen ellos, nadie asumirá ese papel, y es mucho lo que pueden perder, pero más aún lo que perderán las naciones en las que viven y crían a sus hijos. En esta batalla, sencillamente, se juegan la fortuna, la estabilidad y la felicidad colectiva. No librarla sería una peligrosa irresponsabilidad.
